jueves, 22 de mayo de 2014

Rolling on the river

Hoy ha sido uno de esos días que comúnmente vienen conociéndose como "día de mierda". Pero de mierda de verdad. Entre mis highlights del día ha estado el piñazo que me he dado con la bici al volver del curro. Estaba lloviendo, iba a toda leche y en una curva que he tomado demasiado tumbada he resbalado. Menos mal que una buena mujer ha visto la hostia y ha parado el tráfico. La señora me ha reprendido un poquito y, cuando se ha asegurado de que estaba bien y entera, se ha marchado. Y también un chico que se había acercado a ayudarme. Según me han dejado sola se me han empezado a caer unos lagrimones como puños que no podía controlar, aunque se confundían con las gotas de lluvia. No lloraba por el dolor, lloraba por la humillación y por haberme golpeado donde me he golpeado. Me he aterrorizado.

Pero a lo que iba. Cuando he llegado a casa, mis padres me han ayudado a quitarme toda la mierda de la carretera y a curarme las heridas. Pero lo que más me ha llegado al alma han sido los dos pequeñines de la casa, que no se separaban de mi lado mientras el pánico quería apoderarse de mí. Esos dos pequeños gatitos han sido más grandes que todo el pánico del mundo.

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