viernes, 7 de noviembre de 2014

Made you feel like it's not such a bad world

La sabiduría popular dice que los niños pueden ser muy crueles. Y si los niños son así, los adolescentes en la edad del pavo pueden llegar a ser peores, porque ya tienen cierto conocimiento de causa.

En el entrenamiento de hoy era la única un poco más mayor que el resto y el profesor pretendía que trabajara con el chaval más vago de la clase para obligarle a entrenar un poco. Hemos hecho el calentamiento juntos y, vaya, no lo ha hecho mal. El problema ha venido cuando empezaba el trabajo técnico de verdad. El entrenador le ha mandado que se pusiera conmigo y el chaval era todo quejas. Que si por qué siempre él, que no quería ponerse conmigo y demás sandeces todas muy bien dichas y sin intención de hacer daño [/sarcasm off]. Ha sido como retrotraerme a mis años mozos de niña gorda en los que nadie me quería en su equipo y siempre era la última a la que escogían.

Algo así me hubiera hecho daño por entonces, ¿pero ahora? Ahora no me he podido callar. Le he empezado a dar la réplica, diciendo que era yo la que tendría que quejarme y que yo tampoco quería ponerme con él. Pero se ha creído que me podía tomar por el pito del sereno y ha seguido sonriendo y quejándose. Pero, ay, amigo, ahí ya se me ha acabado la paciencia. Le he cogido por banda y le he dicho que no sabía lo tremendamente maleducado que estaba siendo. Se le he quitado el color de la cara. Y, por si fuera poco, mi entrenador ha continuado mi sermón diciéndole que tendría que estar agradecido de que le pusieran con alguien de mayor rango, dado que así es como se aprende.

Y, qué queréis que os diga, me he quedado más ancha que larga, porque además al final no he tenido que entrenar con él. Pero el problema es que esta actitud no viene de hoy. Ni de ayer. Los adolescentes de hoy en día se creen que pueden dominar el mundo siendo bocazas y proclamando sus quejas al mundo y que así conseguirán salirse con la suya. Soy consciente de que toda generación se ha quejado de las que han venido después, y puedo estar sonando como una abuela cebolleta, pero si a mí se me ocurría soltar una lindeza de esas por la boca, el soplamocos que me esperaba en los morros era casi metafísico. Quizá con tantos móviles, redes sociales y otras gaitas deberíamos enseñar a nuestros niños que la libertad de poder decir algo no significa que no te la tengas que callar.

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