miércoles, 12 de noviembre de 2014

You can't break that which isn't yours

El último día que escribí por aquí hablé de un chaval que me está amargando la existencia. El tener que compartir clase con él y otros mocosos me está haciendo perder la poca fe que me quedaba en las nuevas juventudes. Por eso hoy voy a hablar de otro zagal que el otro día me tocó la patata, porque necesito creer que todavía queda esperanza para la generación que pagará nuestras pensiones.

Hace unas semanas un compañero de kárate se lesionó la rodilla. Unos días después le vi por la calle apoyándose en unas muletas. Estuvimos hablando un rato y al fin me confesó que la medicación apenas le quitaba el dolor y que, a causa de ello, lo estaba pasando muy mal. Entonces le conté mi remedio definitivo, la "medicación" que me ayudó a sobrellevar el dolor cuando me lesioné el fémur: leer. "¿Leer?", fue su respuesta. Que él no le leía, que no le gustaba. Me entristeció que dijera algo así, pero no me sorprendió en absoluto en un chaval de su edad. En mi caso la lectura fue crucial en mi recuperación, física y mentalmente, pero no es algo fácil de explicar.

La semana pasada me le volví a encontrar, ya sin muletas, y con un aspecto mucho más saludable. Me contó que no sólo estaba mejor, sino que además al final había decidido seguir mi consejo: había pillado un par de libros de Julio Verne que tenían sus padres por casa y se había enganchado a la novela de aventuras. Ahora no podía parar de leer. Sus padres le preguntaban si tenía fiebre. "Y yo que odiaba leer". ¿Cómo puedes odiar leer? En mi cerebro es, simplemente, incongruente. Y espero que, de ahora en adelante, también lo sea en el suyo.

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